El libro que brillaba como una estrella

Había una vez…

Hace no tanto tiempo, en días oscuros, cayó en las manos de este triste contador de historias un libro muy peculiar. Brillaba como una estrella.

Había pensado mucho cual sería el primer libro a reseñar, busqué por la web y pregunté a los autores, buscaba magia para el mundo que estoy creando aquí. Ahora tengo una larga lista de historias que se apretujan en mi libreta con escamas de sirena.

Sin embargo quise empezar con El chico de las estrellas de Chris Pueyo. ¿Por qué? Ya sabrás las razones, querido lector.

Como he dicho antes, yo estoy un poco roto, no diré que padecí una depresión porque no la padecía, ni la disfrute, ni nada. Aquella sombra cernida sobre mí vida solo estaba ahí, sin sentimientos, apatía pura y melancolía interminable. Fue en ese tiempo, en una Feria del Libro, cuando aquella estrella me encontró.

La llevé de vacaciones conmigo, fuimos juntos a mi antigua casa. Viajamos mirando las montañas y el paisaje. En la intimidad de mi cuarto charlamos días y noches, sin prisas.

El libro no lo devoré como suelo hacer con la literatura juvenil, decidí que esta vez quería disfrutar de la lectura de una manera diferente. Le di su tiempo para que me hablara de él, y di tiempo para yo poder responderle.

Las editoriales, los blogs, las personas y todos pueden decir que El chico de las estrellas es una autobiografía, una forma del autor de mostrarse al mundo. Yo creo muy fielmente que en realidad sí es una historia de fantasía, irradia magia en cada una de sus páginas, cada palabra me suena a un hechizo para sanar el corazón. A veces también para entristecerlo.

Decir que está basado en la vida de Chris Pueyo es hablar de lo obvio, ya todos lo han dicho, yo les quiero contar de lo que hay más adentro.

Pocos libros se han convertido en amigos entrañables, El chico de las estrellas lo logró con tan solo doscientas un páginas.

La historia que cuenta nuestro querido autor es la de un joven que, en su aventura por conocer el mundo que lo rodea, debe también conocerse a sí mismo. La historia de un joven que nunca ha dejado de creer en la magia, y que la busca en cada cuarto que pinta de estrellas inalcanzables.

Con la delicadeza de los cuentos de hadas, se narran momentos llenos de intensidad emocional… momentos que te identifican si alguna vez te sentiste diferente, desplazado, incomprendido.

Para mí, El chico de las estrellas fue un refugio de papel. Página tras página me sentía validado, me daba fuerzas para ser quien yo era en realidad a pesar de que en casa no podía evitar ser un gran actor.

Sus miedos eran mis miedos, había una conexión más allá de la historia entre nosotros. Un libro se había convertido en el único amigo que entendía por lo que pasaba. Por eso hoy está aquí, por eso hoy es el primero en inaugurar este pedacito de mi castillo en las nubes.

Cuando digo que busco literatura de fantasía para llegar de formas inciertas a personas que son señaladas por su diferencia, lo que busco es todo lo que me dio la historia de Chris Pueyo. Un tantito de magia, un montón de sentimientos y personajes increíbles.

Aquellas historias en las que eres capaz de encontrarte son mis favoritas, las guardo en mi memoria y corazón con inmenso cariño. Es todo lo que pido al leer. Si bien es cierto que el libro está relatado desde la experiencia de una persona real no creo que sea imposible trasmitir esa sensación de “realidad” a personajes más ficticios.

¡Es más! Es justo lo que todos los escritores deberíamos hacer, y es lo que hacemos sin darnos cuenta. Pero en ocasiones tememos tanto ser señalados en nuestra escritura que intentamos suprimir esa parte. Develar nuestras inseguridades, nuestros miedos, pasiones y dudas es casi como dar paso libre a nuestro ser, y eso no cualquiera lo soporta.

El chico de las estrellas nos da una lección muy grande a lectores y escritores, nos espera con los brazos abiertos, sin miedo a ser señalado, sin miedo a abrirse a desconocidos. Y en ese proceso de aceptación y de apertura nos encontramos con que tal vez no somos tan diferentes a otros.

Una persona en el mundo, de la que no sabías nada, escribe un libro en el que te sientes acogido, un hoyo de hobbit, diría yo. Y piensas que puedes quedarte ahí para siempre, siendo un niño que cree en la magia, tal cual como los niños perdidos que siguen a Peter Pan.

Y PARA LOS MÁS EXIGENTES…

Hablando de cosas más técnicas, porque mi formación como estudiante de letras no puede dejarlo así, quiero decirles a mis lectores más exigentes lo que pienso de forma casi objetiva, del libro.

Una característica que no escapa a la literatura juvenil de hoy en día es su facilidad para leerse. Sin rebuscadas metáforas o referencias imposibles de detectar, con la sencillez de un pastel horneado en casa, el libro se limita a una poética muy puntual.

Esto no quiere decir que se limite a seguir los pasos de la poética posmodernista que tantos desdeñan. Sus figuras literarias no son comunes ni tan clichés, y en casi todo el libro son un aporte de belleza estética que se agradece. A veces hasta son tomadas con humor.

La particular manera de llamar a sus personajes como lo harían los antiguos griegos, usando epítetos para referirse a ellos en lugar de sus nombres, es una figura retórica que aporta anonimato y una pisca de la literatura épica.

Y a pesar de la sencillez de la que ya les hablaba antes, el libro no se queda corto ni largo. Es puntual, no hay otra manera de decirlo. Tiene las palabras exactas formadas en caligramas que abarcan, en ocasiones, hojas enteras.

Cuando el autor decide saltar de fuentes pequeñas a grandes lo hace con intención, generando una sensación de que te hablan en tonos y matices a pesar de ser un medio escrito. Aunque concuerdo que eso se puede lograr sin la ayuda visual, en esta ocasión lo condono, me parece que es una forma inteligente de atrapar al lector más joven.

Si hablamos del diseño nadie me puede negar que es increíble. La imagen de portada, hecha por Jorge García Ruiz, con esa ilusión a acuarela y ese dibujo/sketch sobre un fondo blanco lo hacen resaltar de forma perfecta. Y la fuente usada para los títulos de los capítulos te remite a esos diarios escritos a mano.

En conjunto El chico de las estrellas no solo es bello por dentro sino también por fuera, un libro para releerse cuantas veces se quiera. Íntimo y cálido lo recomiendo para todos los que pasamos momentos difíciles por ser algo fuera de lo que la sociedad dicta.

¡Más por leer!

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